Vendedores de humo

Los vendedores de humo se infiltran en lugares donde se concentra la gente. Se las dan de sabios. Exhiben sus sonrisas y presentan sus historias en tecnicolor. En contra de tu voluntad te hacen cómplices de sus exposiciones, de su entusiasmo, de sus caros proyectos. Cuentan con tu voto positivo, con tu tiempo, con tu casa, con tu nómina. Te comprometen antes de que te de tiempo a abrir la boca. Te hacen firmar sus ideas con nombre y apellidos. Aunque perciben tus disconformes expresiones faciales, no les prestan atención, no desean valorarlas, no se desvían de su objetivo, más bien te desvían del tuyo. No te dejan pensar. Te marean. Intentan marcarte con su sello de propiedad.
Ser prudente te traiciona. Espabila. Sus palabras sin límites y su dinámico lenguaje corporal no te permiten intervenir. Es posible que sientas admiración por las proezas que cuentan, que los ojos se te abran como platos ante una maravilla inexistente. Es el prodigio formado con humo de colores que nada vale.
Los días que esto ocurre, son muchos los que se retiran sin ganas de volver. Se han sentido ahogados, puestos entre la espada y la pared y todo en nombre de una supuesta buena causa que nada tiene que ver contigo.
El humo es visible pero intangible, de donde proviene no se sabe a simple vista. Lo que está claro es que se desprende del hollín y este tizna a cuantos se acercan.

      

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