07 de abril de 2013

He aquí la definición de un hombre medio humano y medio ogro que ante el espejo se sentía completo. Se gustaba. Se recreaba. Se admiraba de frente, de perfil y de espalda. Se veía perfecto y con la seguridad de que, al nacer, la comadrona había roto su molde.
Pasaba los días enfadado con todos los que no le seguían el juego que él les imponía con sus propias normas. Protestaba para obtener autoridad. Gritaba pensando que con ese método le obedecerían sin objeciones, se inclinarían ante él para adorarle y darle la razón.
Hablaba sin dejar hablar a los demás. Les interrumpía a mitad de la frase para colocar sus opiniones sin escuchar antes la del otro, pues él siempre decía tener la verdad de su parte. Era el más listo, el que mejor hacía todas las cosas.
Si con los de su mismo sexo se mostraba así, no digamos ante las mujeres. Machista con galones, misógino en grado superlativo, votante fiel del patriarcado, no consentía que opinaran de manera diferente a la suya. Les cerraba el paso a cualquier entendimiento, a cualquier proyecto a la más mínima ilusión y aún pensaba que en el siglo XXI el destino de estas era la esclavitud.
Ante la necesidad inminente que sentía de pelear a altas horas de la noche discutía con su mejor amigo, su perro, macho también, en el lenguaje de este, o sea, a ladridos limpios. Se crecía ante el indefenso animal que quería dormir y dejar dormir, estar tranquilo y que le dejasen tranquilo, pero de alguna manera el hombre tenía que desfogar antes de coger el sueño y alcanzar la mañana.
Sus quejas eran constantes, quería que todo el mundo estuviese arrodillado a sus pies y muchas veces lo conseguía. Buscaba ser feliz a través de la manipulación. Sin embargo, era un cobarde que la mayoría de las veces enviaba emisarios porque no se atrevía a dar la cara cuando era necesario.
El concepto de sensibilidad, amistad, amabilidad, cariño, buen trato, paciencia, amor, respeto, no formaba parte de sus estatus.
A todos culpaba de sus desgracias. Al principio, la gente y el chucho le obedecían por miedo, pero más tarde se cansaron de sus toscas maneras y decidieron hacerse los sordos, mirar para otro lado, cruzar de acera, dejar escapar el autobús si le veían en la parada.
Creyendo que así entendería mejor las noticias de la tele, a su perro, pobre animal, le traducía en ladridos las noticias. Por menos del canto de un euro lo castigaba sin comer y sin salir a la calle a pasear. Lo sacaba al balcón para que pasara frío y a todas horas le tenía puesto el bozal para que no le replicara. Se sabe que cuando el mejor amigo del hombre es un perro, ese perro tiene un problema*.
Su furia llegó a conocerse en los alrededores y todo el que podía huía de su lado como de la peste. No sabía que sólo era un desgraciado al que soportaban por caridad, un insensato que no razonaba bien, un orgulloso inculto, un pedante bravucón que vivía del recuerdo de poderes de otra época, un pobre ogro sin dientes que se escondía a la hora de comerse el puré. ¡Cuánta pena daba!

*Edward Abbey

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01 de marzo de 2013

Y un día, al regresar, tú te habrás ido
de todos los objetos que tuvieron tu nombre…
tu ausencia ocupa toda mi memoria”
José Luis Rosales

Algunos aspectos de la presencia de la ausencia:
El escritorio que ahora está vacío. El azucarero junto al café desierto de contenido. El monedero sin caudal. La presencia de la ausencia está ahí.
La página que fue arrancada del libro y deja desierta una parte de su historia. La sala sin el butacón viejo que se deshacía en pedazos y todavía buscas con la mirada al entrar para sentarte a descansar un rato. En tu mente todavía existe. Existe esa página y el butacón continúa colocado en el rincón de tu imaginación. Es la presencia de la ausencia a la que no nos acostumbramos.

Otras ilustraciones:
Una boca muda y cobarde de opiniones. Alguien que falta a una cita por desprecio. La no contestación a una llamada de teléfono por dejadez. Los ojos que no quieren concederte una mirada. La ausencia se hace presente de manera innegable. Silencio y olvido se te clavan como un puñal.
La falta de respuesta amiga cuando más la necesitas. El beso que no llega. El abrazo que esperas sin hallarlo. La silla sin ocupar junto a la mesa donde comes. Casi puedes tocar la presencia de la ausencia.

A veces puede ser ajena a nuestros deseos:
El ser querido que se ha ido para no volver. El hueco al otro lado de la cama que rompe el equilibrio de tus emociones noche tras noche. Una habitación semivacía. Las cosas tal y como quedaron colocadas. La ropa en el armario que aún conserva su olor. La ausencia se hace presente de manera evidente y un nudo en la garganta te impide respirar. Sufres. Te sientes triste e inquieto. La presencia sigue ahí, palpable, la sientes real.

Cuando es necesaria la presencia de la ausencia:
Dejar con convencimiento presencia de la ausencia. No estar. Dar la espalda a lo que se considera no apropiado. No acudir a la convocatoria de la falsedad. No participar. No estar presente donde con claridad considero que no debo asistir.

Tomar una decisión al respecto:
Puede ocurrir que la voluntaria ausencia de nuestra presencia sea más importante que la asistencia física, pues el silencio igual que la ausencia muestran nuestra actitud, libre de miedo, como una voz que enmudece porque está dispuesta con su silencio a dar mucho que entender.
No consentir. No dejarse manipular. No ser partícipe. La ausencia de presencia desvela nuestro voto.
La presencia de la ausencia suele ser muy dolorosa, por eso la notamos. No obstante, tengo el convencimiento de que en ocasiones elegir no estar, tomar la decisión de hacer presente nuestra ausencia es más honesto que la presencia corporal. El mensaje transmitido es más contundente. Es de valientes, una actitud eficaz y clarificadora. Cuesta mucho más dejar la rotunda presencia de nuestra ausencia que estar sin estar estando.

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02 de febrero de 2013

Con el aparente fin de una mejora, la publicidad se ceba en nuestro cuerpo. La humillación, degradación y manipulación es grande.
En las horas de máxima audiencia podemos ver anuncios continuados que me producen vergüenza y hastío. Según la información que quieren transmitir se comprende que somos sumamente imperfectas y quieren darnos soluciones rápidas. Soluciones que por supuesto no necesitan los hombres.
Para arreglar, según opiniones machistas, el defectuoso, incompleto y disfuncional cuerpo de las mujeres se fabrican la mayor parte de los productos que se exponen. Por ejemplo, disimulamos las hemorroides. Nos muestran el tratamiento perfecto si queremos dejar de sufrir en silencio, no nos dejan quejarnos a viva voz.
Afirman que a las mujeres se nos mueven las dentaduras postizas, fíjense qué cosas. Deben estar hechas de un producto diferente al que usan para los hombres, he ahí la cuestión. Nos han inventado un pegamento de los buenos para que no tengamos problemas a la hora de morder incluso las piedras.
En estas fechas de frío incontrolado, en nuestro aparato respiratorio se acumulan gran cantidad de mocos espesos que no sabemos expulsar con dignidad y, por eso, porque tenemos derecho a respirar mejor, nos recomiendan los jarabes más efectivos para tal efecto y podamos así continuar con la marcha diaria.
Otro de los males que sólo afectan a nuestro cuerpo son los picores en las partes íntimas, o el supuesto mal olor de la regla, de ahí que ofrezcan artículos que los erradican por completo. Es bueno saber que para eliminar este tema en particular, la gente joven se moviliza en las redes sociales. En sus mensajes se da gran importancia al aroma de la canela.
No sólo tenemos que limpiar las manchas de la casa sino que también nos piden no tener en la cara las que salen sin que una las pueda controlar. Es más, nos exigen que las prevengamos.
El estreñimiento, a pesar de tomar fibra, es el mal nuestro de cada día, tanto que cuando llega el inoportuno momento, son los hombres del anuncio los que vienen en nuestra ayuda y nos sacan de la imagen proyectada, pues no tenemos idea de cual es el producto adecuado que debemos tomar.
Pasamos a la boca. Si después de hacer la prueba somos las afortunadas del grupo de amigos en conocer que las encías nos sangran nos asustan con la información de una posible enfermedad. Necesitamos enjuagues bucales para la limpieza de gérmenes, así evitamos las infecciones, las caries y el aliento de ogro.
Tenemos soluciones para el insomnio ocasional, así podremos sentirnos bien de noche y de día.
El cuerpo de la mujer tiene que quemar más calorías que el de los hombres. No sé si tanto quemar y quemar será el motivo por el que necesitamos una reparación intensa de la piel, la tenemos extremadamente seca cuando debe ser total efect.
Las pérdidas de orina parecen destinadas únicamente a nuestra vejiga, nunca a la de los hombres, el remedio nos lo dan en bandeja.
El mercado ha sacado zumos light llenos de sabor. Si los tomas, haces ejercicio y no comes, te ayudan a no engordar.
Nuestras pestañas son demasiado cortas y nos venden otras mucho más largas y rizadas como persianas para que nos tapen las cejas y abaniquemos con nuestro parpadeo al de enfrente.
Los pintalabios son importantes. Hay que tener unos labios mucho más sanos, mucho más sensuales y mucho más jugosos, ¡a quién se le ocurre tener simplemente labios!
Jamás de los jamases debemos permitir tener un cabello seco, dañado y con puntas. Lo mejor es que sea largo, suave, espectacular y brillante, para que al mover la cabeza de un lado a otro como quien no quiere la cosa y a cámara lenta, nuestro pelo se balancee de un lado para otro con destellos de luz incorporados que cieguen a quien lo mira.
Los yogures se enfocan a nuestra salud digestiva. Te animan a tomarlos en reuniones de amigas donde las conversaciones estriban entre la dieta, las idas y venidas al cuarto de baño con regularidad y viceversa.
Exponen como horror tener las manos ásperas y el cutis envejecido.
Todos estos anuncios están protagonizados por mujeres y el mensaje general está enfocado hacia nosotras. ¿Llegamos a creernos como propias de nuestra condición femenina estas peculiaridades que las empresas nos endosan?
No comprendo como pueden inventarse y dedicarnos tantas idioteces juntas. Si hubiese vida en algún lugar del espacio y observasen todo esto desde allí, pensarían que somos las enfermas crónicas del planeta Tierra. ¡Con lo bien que estamos!

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12 de enero de 2013

Estoy en la parada del autobús y tengo prisa. Siempre tengo prisa. Voy de acá para allá sin pararme a pensar en lo que hago. Quiero hacer todo lo que he previsto sin conseguirlo. Mis proyectos y quehaceres necesitan tiempo. Un tiempo que me falta. El rótulo bajo la marquesina indica que mi autobús tardará todavía cuatro minutos. Miro el reloj. El estrés me lleva a pensar qué se puede hacer, cuántas cosas pueden ocurrir en tan escaso tiempo. Pienso en ello y me inclino a creer que dan para mucho. Tomo nota para que no se me olviden.
En cuatro minutos hay gente que nace y gente que muere.
En cuatro minutos alguien puede degustar un almuerzo rápido, un café.
Cuatro minutos son suficientes para saludar a una amiga que te encuentras en la calle, o cruzar unas frases amables con la persona que, como yo, espera en estos momentos su autobús y está tan seria.
En cuatro minutos un matrimonio, unos novios, unos amigos puede hacer las paces y reconciliarse de nuevo.
En cuatro minutos se puede hacer el amor si es que hay prisa, o dar cuatro abrazos de un minuto cada uno, o regalar un puñado de besos que sanen el alma de quien los recibe y de una misma.
En cuatro minutos puedes conocer a alguien que te caerá bien para toda la vida.
En cuatro minutos caben guiños, sonrisas y más guiños.
En cuatro minutos se puede llamar a una amiga y preguntarle como está. Si te quiere de verdad entenderá que en ese momento no tienes mucho tiempo y sin embargo, te acuerdas de ella.
En cuatro minutos puedes leer un artículo que te interesa, o una página más del libro que te entretiene estos días.
En cuatro minutos puedes poner en la olla los ingredientes del potaje que te dejará tiempo para hacer otras cosas.
¿Seríamos capaces de mantener la mirada con nuestro interlocutor durante cuatro minutos? ¿Cuál sería el resultado?
Cuatro minutos son suficientes para limpiar lo que ve la suegra, olvidarse de la rutina y a otra cosa, mariposa.
Cuatro minutos pueden ser suficientes para pedir disculpas.
En cuatro minutos puedes comenzar a escribir un poema, un relato, un estudio, una reflexión.
En cuatro minutos de espera hay gente que desespera, en fin… cuatro minutos cuentan mucho.
Tenemos 24 horas todos los días para dividirlos de cuatro en cuatro minutos y emplearlos en positivo.

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10 de diciembre de 2012

Cada mañana, al levantarme, entro en mi propiedad. Abro la puerta del espacio que envuelven cuatro paredes de arcilla camufladas por pintura blanca y gotelé. Color que las estanterías llenas de ricos volúmenes opacan. Un ventanal me abre al paisaje los sentidos. Me regala el frío y el calor, el vuelo de los pájaros y su gorjeo, el aroma de alguna flor, el murmullo de las gentes que pasan sin advertir mi presencia. A través de ella me ciegan desde la luz más brillante del sol hasta la oscuridad más negra de la noche.
Una mesa cuyo peso la mantiene inmóvil y una silla giratoria y movediza me conceden el báculo de poder. Con él ejerzo la fuerza que me confiere la gran diva: la escritura. Sobre ella descansan mis viejos lapiceros, algunos ajetreados documentos, esos que valoro como singulares joyas, los que abandono fuera de la vista después de serme útiles para que el polvo y el tiempo hagan su labor.
El pequeño espacio se confabula conmigo, es mi cómplice. Me envuelve su intimidad, pues ha hago mía.
Poseo otra ventana cuya magia me permite visitar diferentes lugares, nuevos mundos, conocer otras vidas, otras facetas diferentes, caras con nombres y apellidos con las que puedo ponerme en contacto si lo deseo, en el instante que quiero.
En este ambiente escapo de mis circunstancias o permanezco en ellas, pues viajo sin salir de casa. Regreso sin que nadie lo advierta. Me regala tal estado que lloro o río, me relajo o me dejo llevar por el estrés, según sea el momento.
En el tiempo que decido, entro o salgo. Me vuelco en mis amistades íntimas o recibo las confidencias de estas.
Es en este lugar donde me entrego a la meditación y al estudio, donde me intereso por avanzar hacia la lejana perfección.
Sin perder mi humanidad, en este espacio existo y muero; soy la diosa frágil y poderosa; espléndida y austera; benigna y tirana, pues alumbro historias de vidas inventadas. Cocino el alimento que necesito para fortalecer mi alma, quizás, ojalá, para las de algunos más.
A él voy y vengo con total impunidad. Violo su espacio cuando quiero. Lo doblego a mi necesidad momentánea. Lo muestro si me apetece. Lo clausuro cuando me viene en gana. Como esclavo me obedece. Se doblega sin oponer resistencia. Por eso, en él soy feliz. En él mando yo.

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04 de noviembre de 2012

Pongo ese nombre al método que usan algunos para demostrar que sienten interés por ti, que quieren ayudarte a solucionar tus problemas. Saben que, como todo el mundo, tú también los tienes, que son muchas tus necesidades, o simplemente que entre tú y otra persona existe cierta enemistad y se nombra mediador entre vosotros. Quiere hacer el papel del buen sabio entre tú y tus circunstancias y se ha estudiado varios temas de un libro escrito para tal propósito. Se cree así que tiene más poder sobre tu vida que tú mismo.
Creo que muchas personas son buenas y que van con buena voluntad. También creo en la eficacia de muchas publicaciones. No obstante, no me fío de métodos superficiales, o de personas que los usan para demostrar que están por encima de las circunstancias, de las tuyas. No me gustan las insanas estrategias humanas para llegar al corazón de alguien.
Tu corazón se halla desarmado y el seudoayudador te asalta por sorpresa. Al principio muestras cierto recelo, luego el supuesto poder de la técnica te embauca. El sospechoso muestra su inmensa preocupación por ti y empieza con el listado de preguntas, ese que nunca antes, ni siquiera para buscar trabajo, has tenido que responder de tan largo. Te da varios consejos superfluos, sacados también del manual, y se queda tan pancho al creer que te ha solucionado la vida. Es más, se siente superior a ti y piensa que debes estarle eternamente agradecido por todo lo que ha hecho. Te ha regalado parte de su tiempo. Sin comerlo ni beberlo, te ha creado una deuda que antes no tenías. Sabe que no es sincero contigo pero prosigue con su estrategia.
Es posible que después de pasado un tiempo te enteres de que el susodicho estaba haciendo prácticas contigo, comprobando si el manual era efectivo y, como un elemento más, formabas parte de su periodo de pruebas. Te das cuenta de que el novato lo único que hizo fue meterse en tus adentros, darte la oportunidad de desahogo sin remediarte el problema lo más mínimo. Con sutileza aprendida terminó enterándose de tu vida, de las intimidades que tenías más protegidas, sin poder ofrecerte una ayuda útil.
Hay muchos que te dirán que son amigos, en realidad la amistad existe, pero son pocos. Cuando aparecen los verdaderos nos traen paz, no falsas promesas, quizás tampoco soluciones, pero están ahí, hombro con hombro, corazón con corazón. Lo demás, las tantas preguntas, cansan.

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10 de octubre de 2012

El dicho “calladita estás más guapa” tan denigrante y además insultante, se oye tanto en boca de hombres como de mujeres, pero somos nosotras principalmente las que tenemos que hacer lo imposible para que desaparezca. Somos las primeras que tenemos la obligación de sacarlo de nuestros chascarrillos populares, no asumirlo cuando alguien nos invite a cumplirlo y, por supuesto, rechazarlo cuando un hombre nos lo diga. Sé que lo que comento parece obvio. Sin embargo, sigue sucediendo. Tenemos que frenar este tipo de actuaciones porque son bofetadas que recibimos, malos tratos que consentimos.
El derecho humano a la libertad de expresión se ve empañada con el contenido de este tipo de frases, pronunciadas la mayoría de las veces con odio y discriminación. No nos engañemos, para nada es una broma cariñosa. No sólo lleva a la mujer a no expresarse sino que la aísla de la sociedad y tiene además otras connotaciones, por ejemplo la mete en el saco de la ignorancia, en el bolso de no saber que decir pues todo es vano y sin sustancia. Todavía hay convencidos de que la mujer no sabe expresarse y calladita está más guapa y en el caso de que alguna se exprese con libertad tachan el hecho de querer ocupar un lugar que no le corresponde.
La población avanza en el deseo de convivir en igualdad, pero quedan numerosas piedras de tropiezo que cuesta eliminar.
Guste o no, a las mujeres nos corresponde la meta que deseemos aspirar. En igualdad con el varón, tenemos ideas, gustos, ilusiones, iniciativas, conocimientos más que suficientes como para formar parte de cualquier proyecto que iniciemos.
La lucha por la igualdad continúa sin descanso. La libertad de expresión nos lleva a tener opiniones sobre lo que es verdad, falso o relativo. Cuando esta libertad se coarta la visión de la realidad queda mermada en su visión. Seguir aceptando este estatus es injusto para todos. Es permitir que la sociedad avance sólo al cincuenta por ciento.
Amigas, calladitas estamos más feas.

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10 de septiembre de 2012

Creo que en diez años, el nuevo sexy va a ser lo fofo, lo arrugado y lo imperfecto…, la gente se está cansando: todos parecen la misma persona.
Cate Blanchett

¡Cuánto nos pesan los años de presión! Si nos paramos a pensar enseguida nos damos cuenta de que la intención del varón ha sido, por los siglos de los siglos, modelarnos a su gusto por dentro y por fuera.
Todavía hay mujeres que necesitan salir de ese estatus donde han sido encadenadas, pues viven para el hombre, se arreglan para gustar al hombre, se hacen implantes para estar más sexy a los ojos del hombres…, pierden kilos hasta ponerse enfermas por pertenecer a ese grupo de jóvenes huesudas y demacradas cuyas únicas carnes: los pechos y los labios, son postizos.
Por otro lado, aún quedan las que permanecen con la boca cerrada para ser aceptada por los varones, o actúan como niñas inmaduras de risas inseguras para parecer tontas. Una mujer idiota no es un peligro para un hombre sin luces. Una mujer inteligente sí, de ahí que huyan de ellas. Su orgullo es tal que no aceptan la superioridad de las mujeres.
Pena me da pensar en las que entran por el aro. Imaginarlas por la mañana delante del espejo o buscando en su armario aquello con lo que será mejor reconocida por el sexo masculino, porque le va a ser duro pasarse la juventud intentando ser bella según se lo exijan, porque acabará finalmente sin poder evitar las arrugas y las redondeces que traen la madurez y los años.
Es importante gustarse a sí misma. Sentirnos felices con lo que somos y emprender caminos que nos satisfagan. Los hombres hacen esto mismo sin tenernos en cuenta.
La mujer es tratada como objeto sexual en el cine, televisión, revistas y cualquier tema que tenga que ver con la publicidad.
El hombre no se plantea esta sumisión para agradar a la mujer. Incluso reza el dicho tan de mal gusto “El hombre es como el oso, cuanto más feo más hermoso”, dando a entender que las mujeres, con tal de tener un hombre al lado soporta lo que sea. No quiero decir con esto que los hombres de hoy no se arreglen más que antes, pero no con la intención de sacrificarse, subordinarse y humillarse ante una mujer.
La cirugía estética abunda más en las mujeres, pues no se nos permite envejecer. Una mujer que ha dejado de ser joven vale poco. No obstante, a un hombre maduro se le considera una joya.
No nos respetan. Se nos exigen unos requisitos para ser aceptadas en la sociedad que son indignos. No nos permiten ser como somos ni salirnos de los cánones que imponen las modas que gobiernan los hombres. Es más, este castigo, más que unir, llega e enfrentar a mujer contra mujer. Querer llegar a tener un cuerpo impuesto infunde celos y odio.
Ojalá se haga realidad la frase de Cate Blanchett: Creo que en diez años, el nuevo sexy va a ser lo fofo, lo arrugado y lo imperfecto…, la gente se está cansando: todos parecen la misma persona. Porque ser un símbolo sexual tiene que ver más con una actitud que con el aspecto externo. La mayoría de los hombres cree que consiste en el aspecto, pero la mayoría de las mujeres sabemos que eso funciona de otra manera (Kathleen Turner).

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09 de agosto de 2012

Isabel Pavón

No pedir peras al olmo
(Pedir o pretender algo que es imposible)

Cada vez que he oído el refrán “no pedir peras al olmo” ha sido dicho de manera despectiva, o sea, dirigido a la persona que no ofrece lo que el otro cree que tiene derecho a recibir.
Sin embargo, apuesto por el olmo, por la persona criticada, pues pienso que si se analiza esta actitud podría defenderse como el resultado de lo que otros han sembrado en ella, el fruto que se cosecha cuando el sembrador ha sido malo. Me explico. En nuestra relación con las personas solemos recibir gratificaciones y disgustos. Si ante alguien-olmo, yo me muestro agresiva, lo riego con odio, lo abono con malicias, lo manipulo, lo acuso, lo trato con desprecio, le lanzo piedras a las flores, le echo en cara lo que no me da…, alguien-olmo será un ser mal cuidado por mí, al que exijo algo que no me dará ya que no lo merezco por mi inapropiado comportamiento y cuyo tronco quedará carcomido gracias a mi actuación. Seré culpable de su forma de manifestarse. En él veré algo inservible ya que espero que, a base de agresiones, me dé lo que yo le reclamo injusta y forzosamente. ¿Está obligado el olmo a dar peras? ¿Por qué se le critica entonces? ¿No parece insulsa tal petición?
Por otro lado, si ante alguien-olmo me muestro agradecida, lo mimo, lo abono, lo cuido y realzo su belleza, se mostrará ante mis ojos con todo su esplendor, el que tiene de por sí y yo admito ver. Le reconozco. Cuando se admite la virtud, cuando se concede lo hermoso a otros, recibimos la recompensa de disfrutar lo precioso que hay en ellos.
Creo que el error de esperar peras de alguien-olmo está en quien le reclama lo que no le corresponde. El mismo árbol puede prestar un servicio indispensable a unos y ser considerado bueno; y ante otros puede resultar no digno de ser tenido en cuenta.
Creo que hay personas que le exigen a otras lo que jamás van a recibir puesto que ellas mismas no ofrecen nada. Están seguras de que valen mucho, que tienen derecho a obtener todo lo bueno de este mundo y, por supuesto, no dirán basta porque su sed de ser consideradas no tiene fin.
Otra posibilidad es que personas egoístas y miserables, tengan un hermoso peral ante sus ojos. Un peral que cada temporada le ofrece frutos dulces y jugosos que por su egoísmo no saben apreciar. Le cuentan las peras y llevan la contabilidad de cuántas dio el año pasado, o el anterior, comparan las de este con las de otros perales y les miden los frutos negativamente. Gente que en vez de agradecer lo que reciben, tachan, a quien da lo que tiene, de no estar a la altura de las circunstancias. Su interior es como un agujero negro, desconocido e insatisfecho, al que es mejor no acercase para no ser devorado en su negrura. Son humanos que por costumbre suelen pronunciar con agravio el mencionado refrán: “es que no se le pueden pedir peras al olmo”. Estos acusan al peral de ser olmo porque su ambición no les permite tener una visión sana de la realidad.
Ando convencida de que hay muchos más perales cargados de frutos de los que imaginamos, que huyen de presencias insanas por su mal comportamiento, o se camuflan ante ellos para que no se les acerquen.
Pues bien, a mi entender, lo primero a llevar a cabo es que estos insatisfechos, entre los que podemos encontrarnos, que critican lo que de otros no reciben o reciben y no quieren reconocerlo, se cuiden a sí mismos y se cultiven como deben, que den buenos frutos y sirvan de ejemplo. Que dejen a las demás criaturas que ofrezcan el fruto que puedan dar, seguro que bueno, y no vivan criticando lo ajeno, no sea que sus propias peras estén llenas de gusanos. Y que actuando así, lo más probable será que como escribió Antonio Machado, hasta al olmo seco y viejo, hendido por el rayo y en su mitad podrido, con las lluvias de abril y el sol de mayo algunas hojas verdes le han salido. Y de ahí, si le dejamos, si no abusamos, si no le exigimos lo que no nos pertenece, se dé a quien quiera de manera voluntaria.

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07 de julio de 2012

 

 

 

 

Contamos con poco tiempo para dejar volar la imaginación y es una pena que, en lugar de disfrutarlo, algunas personas lo empleen en fantasear tramas malignas contra el prójimo. He terminado la lectura de Tiempos difíciles, de Charles Dickens. Entre sus páginas descubrí muchas enseñanzas. La naturaleza del ser humano no cambia desde que el mundo es mundo.
Destacaré dos párrafos que me llamaron la atención. En ellos aparecen las obsesiones de una de las figuras de la novela, la señora Sparsit, un parásito que vivía a costa de Luisa y su esposo. No entraré en definir a este último. Para quedar bien ante los ojos de sus protectores, la señora Sparsit, se mostraba cariñosa, sumisa y halagadora. A Luisa la ensalzaba. La hacía creer que la admiraba… No obstante, la acechaba esperando el momento de verla caer en desgracia y perder su buena fama. En su interior habitaban unos celos terribles que la llevaban a querer que la joven cometiera errores irreparables. Pensar así la hacía feliz y le daba fuerzas para vivir. He aquí su sueño:
La señora Sparsit construyó en su fantasía una altísima escalera y a los pies de la misma una negra sima de oprobio y de ruina; día a día y hora a hora veía ella descender a Luisa por aquella escalera.
Inmersa en su mar de sangre fría no tenía prisa en ver concluidos sus afanes. Esperaba paciente que ciertos acontecimientos se concatenaran y dieran lugar al cumplimiento de su maldad.
Luisa era desgraciada. Su padre la educó de tal manera que suprimió en ella cualquier emoción que no estuviera basada en la realidad, en lo lógico y tangible. Nada le entusiasmaba. Le habían prohibido tener ilusiones. Sin más pretensiones se contentaba con agradar a los demás. Así sucedían sus escasos años.
La señora Sparsit se entretenía en fantasear el mal de esta muchacha. La envidia la consumía. Cuánto hubiera dado por ver caer a Luisa hasta lo más hondo y saciar así la sed que le proporcionaba el odio. ¡Que caiga, que caiga!, ansiaba sin que nadie pudiese adivinar sus pensamientos, ni siquiera sospecharlos dada la actitud hipócrita que adoptaba. En su imaginación la veía sucumbir:
Y luisa siempre en la escalera! ¡Siempre deslizándose hacia abajo, hacia abajo, hacia abajo!
Tal era su anhelo. Pero Luisa no descendió. Luisa fue mucho más fuerte de lo que aparentaba y reaccionó a tiempo. Se rebeló y se salvó del mal que la espiaba, de la ruina y el oprobio que la aguardaban allá abajo, en el fondo. Escaló de nuevo los peldaños. Retrocedió en el momento oportuno.
Desear para el prójimo lo que no aspiramos para nosotros tiene sus consecuencias. Maquinar el daño ajeno termina revolviéndose contra el culpable. Luisa terminó victoriosa, la señora Sparsit expulsada.
Tarde o temprano, cada cual ocupa el lugar que le corresponde. La verdad sale al encuentro de la luz y viceversa.

No es el desafío lo que define quienes somos ni qué somos capaces de ser, sino cómo afrontamos ese desafío:
podemos prender fuego a las ruinas o construir un camino, a través de ellas, paso a paso, hacia la libertad.
Richard Bach

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