La Alameda de los tristes

      Caminan sin luz bajo la copa ensortijada de los árboles centenarios. Son los tristes. Buscan algo y no saben qué. Los hay que van de norte a sur, o de este a oeste. Parecen perdidos. Están perdidos. Sus mentes se han acostumbrado al desánimo y el color de su piel se ha vuelto gris mate. No ven el horizonte. Sólo observan las puntas de sus zapatos dar pasos aburridamente torpes: izquierdo, derecho, izquierdo, derecho. Van sin rumbo y como imanes de polos iguales se repelen.
     La Alameda es hermosa. Está llena de fronda en esta época del año. Cuánto poder tiene la tristeza para instalarse en la vida. Aprovecha cualquier rendija para colarse, echar raíces y cegar las miradas de la gente.
     Todo está en calma. Los tristes no se miran, no se hablan. Cada uno piensa en sí mismo, en su propia y viciada soledad. A veces, sin darse cuenta, se rozan y dan un respingo de horror, como si alguna tormenta interna estuviese apunto de descargar, como si se hubiese producido una dolorosa invasión de la intimidad. Se miran sin verse y continúan su andadura. De lejos y de cerca se les advierte perdidos, sin rumbo.
     La Alameda de los tristes parece un cementerio sin tumbas. Los que pasean por ella son vivos que están muertos, sin aliciente, sin ilusiones. Les falta la corona de flores a modo de collar sobre sus pechos. Cada cual arrastra sus malos recuerdos como puede. Con una gruesa cadena de memoria los llevan atados a la cintura. Se les ve pesados, muy pesados.
La Alameda luce encantadora. Rebosa aromas deliciosas y vida por doquier en este tiempo. Los nidos están repletos de jóvenes gorjeos. Las flores de los parterres apretujan sus diferentes colores para lucir todas a la vez.
     Dicen que el primer día que los tristes acudieron a La Alameda, hablaron. La palabra, como la amistad, salva muchas veces. Cada uno se esforzó en contar al otro sus necesidades, sus penas, sus deseos frustrados, pero nadie fue capaz de comprender el dolor ajeno. Dicen, también, que al segundo día llegaron los agoreros, los repartesuerte, los vendedores de chistes, los payasos, y terminaron formando parte de ellos, siendo paseantes desesperanzados. Los que son tristes por voluntad propia no quieren alegrarse. No quieren curarse de su enfermedad. No dan el paso. Temen fracasar una vez más y no están dispuestos. Han tirado al mar la llave de la esperanza que rompería sus ataduras, que los liberaría de ese lastre agónico que les pesa como un ancla.
     Tristes consentidos pasean a diario por La Alameda. Si les preguntas como están, dicen: bien, bien, e intentan esbozar una mueca a modo de sonrisa. Pero no es cierto. Son los ilusos del pesar, de la dolencia crónica, a veces huera, pues se sabe que
                                                                      La esperanza fracasa muchas veces,
                                                                                          el dolor jamás.
                                                                                   Por eso algunos creen
                                                                              que más vale dolor conocido
                                                                                   que dolor por conocer,
                                                                          creen que la esperanza es ilusión,
                                                                                 son los ilusos del dolor.
                                                                                        (Juan Gelman)

      

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