Archivos mensuales: septiembre 2011

25 de septiembre de 2011

Aquel hombre empezó a sentirse un poco cansado de la gente que le rodeaba, pues nunca se encontraba a la altura exigida, no daba la talla por más que se esforzaba. La tónica general era los reproches y los consejos de hazlo mejor así, o de esta otra manera…

¿Debía estar siempre dispuesto a contentar a los demás? Sabía lo que quería, reconocía el camino que tenía que tomar, percibía dónde debía poner su mirada pero…de cuando en cuando, como a cualquier ser mortal, le asaltaban dudas. Se sentía contrariado ya que, en más de una ocasión y en más de dos, las actitudes que unos le alababan, otros se las reprochaban.

—Si continuo dándole vueltas a la cabeza de esta manera caeré en una depresión o me volveré loco —le dijo a su esposa.

—No te desanimes. Vete a buscar ayuda a otro lugar que esté fuera de nuestro entorno antes de que eso te ocurra –contestó ella preocupada, recordando lo alegre que en otro tiempo había sido su marido.

El hombre preparó una muda, una botella de agua mineral, un poco de pan, un trozo de queso curado de oveja, un puñado de granos de café tostado (era adicto a la cafeína) y lo puso en una mochila que colgó a su espalda junto con un paquete de Kleenex y un rollo de papel higiénico. Se echó a andar.

Casi a punto de perder la chaveta y con el ánimo entristecido comenzó su viaje en solitario en busca de Macario el Egipcio, afamado sabio de aquel tiempo, buscando la orientación que necesitaba. Reflexionaba sobre lo que debía contarle. Le diría que su mayor ilusión era quedar bien con todo el mundo ya que estaba en contra de cualquier conflicto que pudiera surgir entre los miembros de su clan. Le daría las razones del por qué era el fan número uno de la paz y la concordia. Hablaría con él de su deseo de hacer el bien, de cómo procuraba no perder la fe en las cosas que creía y sin embargo, seguía, día tras día, sin estar a la altura de lo que los demás le reclamaban. Su esfuerzo no era suficiente.

Será mejor que lean ustedes mismos el final de la historia tal y como ocurrió en su momento.

Un hombre fue al encuentro de Macario el Egipcio y le pidió un importante consejo.
—Ve al cementerio –le dijo Macario- e insulta a los muertos.
El hombre entró en un cementerio, insultó durante mucho rato a los muertos y apedreó las tumbas. Entonces regresó junto a Macario y le contó lo que había hecho.
—¿Los muertos te han dicho algo? –le preguntó Macario.
—No.
—Vuelve al cementerio y alábales.
El hombre volvió al cementerio y les hizo cumplidos a los muertos. Los trató de personas íntegras, inteligentes y bienhechoras. Alabó su belleza y admiró su gloria.
Entonces regresó junto a Macario, que le dijo:
—¿Te han dicho algo?
—No.
—Pues bien, he aquí mi consejo. Pasa entre el desprecio y la alabanza. Sé como un muerto.

Tomado del libro El Círculo de los Mentirosos, de Jean-Claude Carrière. Cuento titulado “La sabiduría de los Cementerios”.

© Isabel Pavón

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22 de septiembre de 2011

Irene vestía por fuera a la moda de las pasarelas más importantes, podía permitírselo. Redujo su cintura sin llegar a partirse en dos. Estrechó sus caderas para no cambiar de una talla 36 a una 38, habría sido un verdadero desastre.

Aumentó el pecho dos tallas pues, comparado con el de las artistas, el suyo le parecía pequeño. Agrandó el volumen de sus labios a lo Angelina Jolie e igualó su dentadura para tener sonrisa Profidén, aunque las circunstancias que la rodeaban no le hicieran ninguna gracia.

Se tiñó el pelo ante incipientes apariciones canosas y vio necesario el implante de extensiones en algunas zonas del cuero cabelludo. Del vientre ordenó que le redujeran la grasa y le eliminaran las estrías. No se le conocieron arrugas en la cara ya que cuidaban su piel expertos masajistas.

Pagó una fortuna en quitarse lo que le sobraba y compró lo que le faltaba para parecerse a las top models. Se cuidaba al máximo. Y se exhibía. Pretendía la inmortalidad. Más que para el presente, vivía para el siempre incierto futuro.

Consiguió tener toda la pinta de una muñeca de facciones imprecisas. Le costó lo suyo. Su objetivo en la vida era aparentar eterna juventud. Cultivaba su cuerpo y sus modales. Su sueño era gustar a los hombres, ser envidiada por las mujeres.

Gustaba salir en fotos y revistas, para ello, se cobijaba bajo la sombra del árbol de gente money-money.

Murió de vieja, en impecable estado físico. Nadie supo nunca las primaveras que contaba. En la autopsia confirmaron que por fuera se hallaba completamente acabada pero, al abrir, entre los órganos, notaron cierto vacío frío que no supieron explicar con palabras científicas.

No dejó ninguna huella. Nunca se ocupó de la perfección interna.

© Isabel Pavón

 

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