Archivos mensuales: noviembre 2010

21 de noviembre de 2010

Cada vez que veo una misa de difuntos, escucho como el sacerdote salva al fallecido. Sea quien sea; haya muerto por el motivo que haya muerto; haya hecho lo que haya hecho; y haya creído en Dios, o en su propio ateismo. Lo salva acogiéndose a la misericordia de Dios, y de paso, mirando hacia el pasado, salva al resto de los humanos muertos. Todos entran en el mismo saco.

Amigo, no importa como haya sido su vida. No importa en quien haya creído mientras tuvo tiempo de creer. No importa si usted decidió o no seguir a Cristo. No importa si confesó con sus labios que Jesús es su Señor. Y al parecer, lo que menos importa es el verdadero mensaje de salvación que Dios trajo al hombre por medio de su Hijo. Y como nada de esto importa, si usted muere (y es seguro que morirá, igual que yo, si el Señor no lo remedia), irá derechito al cielo, como un cohete en línea recta. De eso se encarga el cura, no Cristo, y se queda tan fresco.

Así que no tiene motivos para preocuparse. No hay lugar para usted en el infierno, aunque todos los asientos (si los hubiese) estuviesen vacíos y tuviera donde elegir entre las primeras filas. Para usted no hay sitio, tranquilo.

Sin embargo, algo debe andar mal con la fórmula ya que con una sola misa de difuntos no basta para salvar al que está de cuerpo presente y a los cuerpos que estuvieron presentes anteriormente. Pues al repetirla una y otra vez, los mismos sacerdotes están demostrando que las anteriores no eran válidas, o quizás tengan su fe más afianzada en el “por si acaso hay que sacarlo del purgatorio”, o en el “dos mejor que una”, o en el “no hay dos sin tres”.

Así que haga lo que quiera, y viva como le de la gana, porque la Gloria de Dios le pertenece. A usted y a quien está sentado a su lado. Pero… que se salve el que está precisamente a su lado, ese que acaba de estrecharle la mano dándole la paz sin darle la cara… eso ya es otro cantar. Y si se salva que sea después de pagarle lo que le debe. Y por si las moscas que allí arriba no se lo pongan tan cerca como lo tiene ahora. Que corra el aire.

Yo creo que las misas de difuntos son la mejor terapia para el remordimiento de conciencia. Si usted quiere ser feliz, lléguese a cualquier tanatorio, entre a misa y ahórrese la consulta del psicoanalista. Su pócima milagrosa le limpiará de todo mal.

En el fondo, trae cuenta morirse porque uno sale ganando. “Siempre toca”, como en las tómbolas de las ferias.

Las misas de difuntos marcan un antes y un después: Usted entra hecho un desgraciado y sale como quien ha ganado en el bingo, con más prestigio, como si ya fuera un “ángel de alto standing”, repleto de inmortalidad, y con una ventaja más porque con toda seguridad no va a caer en la ludopatía. Seguirá sin ganas ninguna de morirse, pero con el seguro eterno en el bolsillo, bien cerrado, por lo que pueda ocurrir.

Es más, usted puede llegar a ser tan importante con todo esto que, cuando le llegue la hora, la mala hora diría yo, ante tan gran pérdida, hasta el Cielo podría llegar a cerrar por defunción.

A base de misas de difunto la iglesia católica quiere demostrar que el Sacrificio de Cristo en la Cruz por los pecados no fue suficiente, y que el infierno, o no existe, o está vacío.

ProtestanteDigital.com (España, 2007). Usado con permiso.

© Isabel Pavón

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