12 de abril de 2012

Oh, feliz aquel que puede pasar la vida entre sus iguales y reinar tranquilamente en su humilde casa sin temor, sin envidia, sin falsedades, sin deseos.
Joachim Du Bellay

La dueña inmortal del palacete se sentía desdichada. Tenía poder. Tenía fama. Tenía dinero. Sin embargo, nada de esto le satisfacía. Si algo apreciaba, si algo le producía alegría era su propio veneno, ver sufrir a los demás, recibir las noticias de que a los otros les iba mal. Y si les iba bien, procurar que fuera por poco tiempo.
La dueña del palacete construido en la penumbra se consumía. Estaba cada vez más fea. Su tez era cada vez más pajiza. Sus carnes eran cada día más flacas. Su hedor insoportable. Los ojos se le hacían más pequeños al dar marcha atrás hacia el cogote. Sus ojeras eran pronunciadas y verdinegras, como surcos donde habitó el musgo y por los que ya no corría el agua. Sus orejas como de elefante africano no dejaban de impulsarse hacia atrás, hacia adelante. Por otro lado, se le alargaba la nariz de tanto asomarla a los aromas ajenos. Pero creía que disfrazando su hechura, que envolviéndose de glamour barato, nadie se daba cuenta.
Se pudría y no era consciente. Vivía convencida de que su maldad era invisible a pesar de llevar, a modo de mochila, el microscopio de investigación siempre a cuestas.
Su visión del mundo era ella misma, de ahí que usara las máscaras que fuesen necesarias para cubrir sus deseos. La curiosidad era una de sus armas, pero, por razones obvias, nunca la satisfacía del todo, de ningún modo recibía datos suficientes y, sobre todo, si lo que averiguaba era bueno, se sentía morir.
Ya fuera cerca o lejos, dondequiera que se encontraba el mérito lo localizaba y allí se presentaba para hacer pesquisas. Después de examinarlo, cada mañana salía a la caza, disfrazada de perfección y justicia, para continuar su colección de dones ajenos con el fin de encerrarlos, atarlos con cadenas para luego morderlos con sus desgastados dientes y dejarles marcadas la infección de sus huellas. Los robaba y fingía que eran suyos. Los ponía bajo llave para después acusar a los verdaderos dueños de ladrones. Y cada tarde se camuflaba, se situaba al acecho con el fin de procurar manchar las vidas ajenas.
La dueña inmortal del palacete en la penumbra, no quería a nadie. Deseaba todo lo que los demás tenían, o lo poco que los demás tenían. Odiaba al tiempo que exigía ser la más querida. Por abarcar y subir cada vez más en el podio que ella misma se había fabricado, recogía los cargos desechados por otros, los chistes que luego no sabía contar, inventaba historias trágicas con tal de hacerse querer, mentía para conseguir cariño. Daba pena verla tan desorientada. Daba pena verla hacer muecas en lugar de marcar una sonrisa clara. No se daba cuenta que de esta manera hacía patente su inferioridad.
Destructora y maligna, se esforzaba en demostrar que todas las personas a su alcance eran injustas, de eso se alimentaba.
La dueña inmortal se llamaba Envidia. Su nombre la hacía sufrir; el palacete en penumbra era su alma.

Oh envidia, raíz de infinitos males y carcoma de las virtudes. Todos los vicios traen un no sé qué de deleite consigo; pero el de la envidia no tal sino disgusto, rencores y rabias. Miguel de Cervantes.

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12 de marzo de 2012

“…ojo no te pases, ellas se alarman en cuanto te sales del guión”
Carmen Posadas, del libro Pequeñas infamias

Ya seas hombre o mujer, no hay nada que levante más el ánimo y siente mejor a los oídos que escuchar un buen piropo. Un piropo le alegra el día a cualquiera, es alimento espiritual y correspondemos con gratitud. Quienes los regalan, saben que están actuando de manera gentil.
Por otro lado, observamos que hay personas a nuestro alrededor que nunca antes han reparado en nosotros y de pronto, un día, sin venir a cuento nos lisonjean, alaban nuestros dones, nuestro trabajo, nuestra figura y nuestros gustos. Lo primero que nos viene a la mente es “¡Qué buena gente, cuánto tiempo hemos perdido sin hablarnos!” Pero cuando esa persona ve el terreno lo suficientemente abonado, viene a pedirte el favor que desde hacía tiempo estaban tramando. Es entonces cuanto se te caen los palos del sombrajo, se te abren los ojos y ves claro el pastel que antes ni siquiera imaginabas se estaba cociendo. Esta manera de actuar va unida a la manipulación, la usan los embaucadores y no es sana.
Otros tiran flores a los pies ajenos mientras y, a solas, se frotan las manos acechando el momento. Ven un futuro comprador de sus productos, un posible súbdito de sus ideas o proyectos, un incipiente colaborador, te imaginan como presa, y si te dejas engatusar pasaras a su fila de súbditos y te tratará siempre de la misma manera.
No nos damos cuenta hasta que hemos caído en la trampa y nos cuesta salir de ella. Esta gente no es clara, no anda derecha. Salen a la luz al final. Son expertos y viven de eso, juegan sus cartas de esa manera.
Particularmente, cuando alguien me halaga sin venir a cuento, cuando noto que lo que me dice está fuera del guión, me alarmo. Me dan ganas de preguntar: Oye ¿Quieres algo de mí? ¿Buscas algo? ¿Tú vendes algo?, y no es por meter la pata, es por miedo al futuro desconocido en el que me puedo estar metiendo.
¡Ojo! ¡Cuidado con los piropos! Si ves que la propuesta que viene detrás no es para ti, no la aceptes. Morder su carnaza sale a veces muy caro.

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10 de febrero de 2012

Existen dos extremos en las relaciones de parejas, aquellas en que la mujer más y el hombre menos aguantan hasta la muerte y la de los famosos, que cambian de pareja como de ropa, que van de corazón a corazón como de oca en oca. Otra cama, sábanas nuevas. Otra mesa, cubiertos de distinto diseño. Otro jardín, otras flores. Y digo flores porque este tipo de separaciones suele aumentar en primavera, cuando dicen que la sangre se altera.
Qué triste despertar junto a otra persona que pronto te dejará, o será dejada. Son amores sin raíces, como hierbas superficiales que crecen en la sociedad y a la menor racha de viento o calor se mueren. Intereses de poder, de orgullo. El dolor, si es que existe, en el cambio de pareja entre los famosos parece ínfimo comparado con el de los matrimonios que conocemos de cerca.
Anuncian sus separaciones con sonrisas y con besos en la boca se despiden de la persona que dejan. No pasa nada. Lo que ocurrió entre nosotros se acabó y nos sentimos bien por eso. La vida es bella, ya tenemos otro amor preparado en la despensa a nuestro servicio.
Otro amor (habría que estudiar lo que entienden por amor) que durará poco, pero esto es así. La vida hay que vivirla. Este parece ser el planteamiento de las personas que nacen, viven y se reproducen en otro estatus diferente al de la gente común que no aparece en la televisión o en la prensa.
Pero su actitud influye, va calando. Estas decisiones que nos meten por los ojos, estos cambios por el simple gusto de reemplazar nos influyen porque, poco a poco, los vemos como algo normal. Nuestros hijos, eso es lo más triste, se acomodarán a ellos.
Aceptamos las razones que nos dan los famosos para actuar así con sus parejas como agua cálida en días de invierno, como si vivir juntos fuera eso, como si lo que implica el concepto de convivencia estuviera desfasado, como si compartir un proyecto común fuese una estupidez. Reina el narcisismo. Importo yo.
Parece que nos están conduciendo hacia un destino en que la entrega al otro no tiene valor, en que el dolor por amor no existe, no debe existir porque hay más cuerpos que disfrutar, más viajes futuros con quien ir acompañado, más fiestas, más trajes, más cambios de casa… Nos inculcan que la aceptación de los defectos de la otra persona no debe existir y en cuanto aparecen lo mejor es abandonar.
Esa es la normalidad que presentan los famosos con sus cambios constantes de pareja cuando se producen olas de rupturas entre ellos.

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08 de enero de 2012

Deseo escribir para ti, Penélope, mujer que no sólo resides en las gargantas de famosos cantautores, sino en las diferentes estaciones de la vida, en los múltiples barrios con plazas donde se les enseña a las niñas a jugar a ser mayores, a soñar con falsos príncipes azules. Penélope, hay muchas como tú aguardando el socorro. Muchas que ponen la mirada y la expectativa en fines decepcionantes.
¿Cuántos trenes has visto pasar sin pensar que, más que ver bajarse a quien aguardabas, eras tú la que debías subir? En ellos, en todos ellos, había un asiento libre para ti, un lugar que nadie más podía ocupar.
Penélope, mujer que intentas aliviar la desesperanza respirando el viciado aire que menea tu descolorido abanico. Lo pasado, pasado está.
¿De qué te sirvió enfocar la vida en el desamor y la angustia? ¿Cuántos sinceros quereres de otros evitaste sin permitirles siquiera una oportunidad?
Te cegaste. Fijaste los ojos en un diminuto punto que te llevó a poner la confianza en mil santos. A la escultura de San Antonio le encendiste velas sin que él te oyera, sin que cambiase el gesto ante tu problema. Probaste con las cartas de la suerte y los que decían ser adivinos de prestigio te vaciaron los bolsillos a cambio de llenarte la cabeza a pájaros.
Vives tras la barrera, amiga. Tienes como claro lo que en realidad es turbio. Te confundes con facilidad. Aquel que esperas no va a regresar y son demasiadas las débiles hojas que has visto caer de los sauces. Es cierto que en abril abundan las tardes plomizas que achantan los ánimos, pero tú, Penélope, puedes desviar la mirada hacia una primavera más avanzada, hacia los nuevos brotes de otros árboles con hojas perennes. Mayo llega empujando con fuerza para entrar en tu vida, ¡ábrele la puerta y en cuanto entre, cierra para que no salga!
Hay personas que te quieren, no te dejes morir. ¡Levántate!, sube al tren que te llevará hacia otro destino. Abre tus ojos y tu mente, destapa la alegría que empieza a pudrirse en tu interior, déjala libre y dale oxígeno y ponle alas. Quema el banco donde por tanto tiempo has permanecido sentada, para que ni a ti ni a nadie pueda volver a atrapar en su inmovilidad. De paso, rompe la esfera del reloj que te mantiene atada en una época oscura y sin esperanza, písalo fuerte con tu zapatito de tacón hasta que lo oigas quebrarse y cómprate uno distinto en cuanto puedas.
¡Mira ese tren que silva a lo lejos!, ¿lo oyes?, viene a por ti, se aproxima, ¡levántate y sube! y no mires atrás y olvida las flores marchitas de tu jardín y recuerda que existen otras que se abren cada mañana para que las disfrutes. Penélope, ¡se abren para ti!, ¡Míralas! ¡Y tira el manido bolso de piel marrón y cómprate uno rojo! ¡Y vive, Penélope!

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06 de diciembre de 2011

El miembro, aparentemente invisible, está hoy intranquilo. Padece la enfermedad de las curiosidades. Adolece de envidia. Sufre ansiedades que no sabe controlar. Se enfurece. Este miembro es la mano.
No sabemos cuánto durará la crisis. No somos sabios. Pero la mano está nerviosa y necesita una herramienta para saciar sus necesidades: la liebre. En ella vuelca sus inquietudes cuando está caprichosa, pues, el animal, impaciente por naturaleza, se deja agitar por la mano, juega siempre a su favor.
El miembro posee un don de incalculable valor: hacer creer a la liebre que es la protagonista. Todavía no está claro cómo logra inculcarle sus enfermedades y preocupaciones. Lo hace de tal forma que el animal siente que los padece de manera certera. Sin embargo, es sólo una ilusión, un calentamiento cerebral que el miembro le produce. Creo que puedo explicarlo mejor. Verán, todo lo que la mano quiere colocar a lomos del animal, el animal lo acepta y lo vive como propio. Lo siente. Es, por así decirlo, una actitud de lealtad, de admiración, de subordinación, enamoramiento, de rara hipocondría.
La liebre desea con todas sus fuerzas contentar al miembro que la tiene en movimiento, se desvive por conseguirlo. Su amor es desmesurado. Sufre cuando no lo logra, se obsesiona. Ha entrado en la fase de trastornos psicosomático.
Aunque esto que comento parezca un enredo, el resultado es que la mano consigue ser la niña de los ojos de la liebre.
Cada vez que la mano obtiene los resultados que pretende, pasa durante un rato sus afiladas uñas sobre la piel sedosa del animal. Lo felicita por su valentía y sus buenas ideas de gestión. La liebre necesita creer que el mensaje es positivo. No sabe que la manejan. Ha sentido caricias, no rasguños. No tiene vida propia.
A nuestro alrededor, este tipo de manos florecen en considerable cuantía, mas las liebres son incontables. Para romper esta simbiosis, comúnmente conocida como “soltar o lanzar la liebre”, se necesita la ayuda de un tercero, sea persona, animal o cosa, ya que existe un tratamiento conductual que debe llevar a cabo: colocar las dos partes a cierta distancia y procurar que entre ellas corra el aire.

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21 de noviembre de 2011

Existe Manuela. Existe porque ha conseguido sumarse a un grupo de mujeres que han buscado recursos para escapar, aunque sea a ratos, de sus maltratadores.

Madruga Manuela. Madruga y aprovecha los espacios de libertad que puede concederse. Sale, apenas sin ser vista, durante las horas que su compañero está fuera. No puede levantar sospecha. Hace cosas increíbles: talleres cortos de autoestima, cursos de escritura, de pintura, macramé, muñecos… Algunos de sus trabajos los firma con seudónimo y los deja en depósito en algunas tiendas de confianza del barrio. Evita llevar nada a casa, eso la delataría.

Muere Manuela. Muere de dolor y de miedo cuando le llega la noticia de que otra mujer ha sido asesinada por su pareja.

Sospecha Manuela. Sospecha cuando alguien, queriendo o sin querer, se va de la lengua y da el aviso a su maltratador de que le pareció verla aquí o allá. Es entonces cuando se ve obligada a mentir temiéndole al peligro. No obstante, hasta ahora sobrevive a este suplicio.

Llora Manuela. Llora cuando puede. A solas o acompañada. De día o de noche. Con lágrimas o sin ellas.

Lucha Manuela. Lucha por levantarse y ser persona, por encontrar las fuerzas para vivir, por escapar de las trampas que se encuentra al paso cuando está ante las garras de su maltratador. No lo tiene fácil. Necesita apoyo.

Ama Manuela. Ama a sus pocas amigas, esas que jamás le fallan, que están con ella, que la apoyan y encubren, pues disfrutan de una complicidad asombrosa.

Vuela Manuela. Vuela porque su imaginación no tiene cerrojo, porque esa parcela privada es tan suya que nadie puede entrar y es el lugar donde ella reina. Va donde quiere. Sueña.

Vive Manuela. Vive porque pronto podrá huir. Porque se levantará una mañana y esa será la última que vea la cara del hombre que la tuvo enamorada durante tanto tiempo y que ahora no ama.

Espera Manuela. Espera gozar de libertad. Restaurarse. Ser persona. Olvidar los complejos inculcados que le pesan. Va a lograrlo, está segura de ello.

¡Manuela, ay, Manuela, cuánta es tu fuerza!

© Isabel Pavón

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22 de octubre de 2011

Permítanme ustedes que en este breve reporte les cuente un poco de mi vida por si quisieran comprenderme en mi necesidad. Sé que los españoles piensan que somos muchos los que llegamos y que les estamos usurpando los puestos de trabajo. Yo quiero decirles que si estoy acá, en España, es porque la miseria y el hambre me empujaron a venir.

Me llamo Karem Sánchez y soy, como a ustedes les gusta decir, del otro lado del charco. Vengo de Guayaquil, Ecuador. Llegué hace dos años con tres de mis hijitas. La mayor, fruto de la relación con mi primer novio, se ha quedado allá con mis papás. Le mando cuanto puedo. Nació cuando yo tenía quince años. Recuerdo que mis amigas celebraron su fiesta de puesta de largo justito cuando yo acababa de ser mamá. La segunda nació a causa de una relación que tuve a escondidas con un vecino ya casado, pero nadie sabe que él es el papá. La traje conmigo para quitársela de delante de los ojos, no sea que me la mate por purito despecho. Si hubiese sido varón, otro gallo hubiese cantado. Pero no cantó. La tercera es hija de mi pareja actual, Eduardo. Con él me he casado civilmente en España, por si eso ayudaba a estabilizar nuestra situación. Aquí ha nacido mi cuarta hija.

Cuando mi esposo no trabaja, bebe. Cuando bebe me golpea todo el tiempo. Y cuando me golpea me duele más imaginar que las hijitas de mi alma se pueden quedar sin su mamá, que los palos. Esto ocurre a menudo, así que, cuando le oigo entrar borracho y malhumorado me dan ganas de huir, pero no puedo. Procuro acostar pronto a las niñas y yo me vuelvo la esposa más sumisa del mundo, así nadie le oye gritarme y los vecinos no le protestan al dueño del piso. Los alquileres cada vez alcanzan un precio más oneroso y cuesta encontrar algo como lo que tenemos. Eduardo es el papá de otros dos hijos. Son de su primera novia y como ni siquiera puede mantener a los que estamos acá, tampoco les envía nada.

Trabajo limpiando por horas. Cuando llega el viernes me encuentro muy cansada pero hago de tripas corazón y durante el fin de semana cuido ancianos para que sus hijos descansen. Me pagan bien, son gente macanuda. Uno de ellos dice que soy linda, parece que no ve mis ojeras. No sabe cuánto se lo agradezco. Me regaló hace poco un bello celular, así me tiene localizada los días feriados, cuando quiere que vaya a cuidar al viejo.

En una ocasión, la señora de la casa donde trabajaba, después de tratarme como una esclava, me acusó de ladrona. Dijo que yo le había robado dinero. Era mentira. Hacía seis meses que no me pagaba y, ante mi insistencia en cobrar, puso una denuncia falsa. Nadie sabe lo que tuve que rogarle para que me la quitara. Todavía no he cobrado y ando callada porque aún no tengo papeles.

En algunas casas no me dejan usar la fregona. En otras me tratan bien. También las hay que van pasando el dedo por los muebles para hacerme volver atrás en la tarea, así me sacan media hora más de trabajo.

Mi mayor ilusión es traer a mi hija Graciela, ¡cuánto gusto me daría que estuviese acá con nosotros!, pero Eduardo no quiere. Dice que otra boca más no entrará en casa. Sin embargo, ni él ni nadie logrará hacerme desaparecer esa ilusión.

Eduardo se está volviendo panzón por la bebida y ha perdido todo su atractivo. Hay noches que no aparece. Aunque escondo el dinero, logra encontrarlo y se lo lleva. Cuando regresa ruego al Señor que se vaya directamente a la cama. Él no cree en nada. Sin embargo, se enfada con Dios cada vez que las cosas no le salen como quiere.

Para saciar un poco la curiosidad de ustedes, aquí queda escrito un resumen de mi vida.

Si les interesa saber cómo me encuentro en medio de toda esta ruina, les diré que me siento como un botón a medio sujetar en un paño usado, donde vienen a abrocharse todos los ojales que componen mil penurias.

© Isabel Pavón

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04 de octubre de 2011

El corazón se nos encoge al conocer la enfermedad que Laura, la niña de apenas tres años, tiene en su sangre.

Una posible solución la espera en Estados Unidos. El dolor que sufren los padres es indescriptible. No obstante, confiesan que no están solos, que se sienten apoyados por muchas personas, conocidas y desconocidas, que les ayudan. El problema de Laura y su desenlace ya están claramente definidos.

La realidad social es triste. Los poderosos procuran distraernos con temas vanos, instalándonos las prioridades al revés. Pretenden hacernos creer que eso es lo correcto y consiguen engañar a bastantes. Existen casos de enfermedades raras que poca gente padece y he oído decir que ese es el motivo por el que no se fraguan presupuestos de investigación hasta que la cantidad de enfermos sea considerable. ¿Considerable para quién?, me pregunto.

Numerosas familias se sienten impotentes, sin un horizonte claro, teniendo que cuidar las veinticuatro horas a familiares enfermos porque no hay clínicas donde ingresarlos ni soluciones médicas efectivas. No hay financiación.

Hay padres que sufren malos tratos con hijos esquizofrénicos porque no aceptan en ningún sitio más que en las cárceles de donde, si algún día salen, lo hacen peor que cuando entraron. No se forma personal adecuado.
Cuántos pobres malviven en la calle sin una cama, un plato de comida, agua corriente…

Como podemos ver en el video adjunto, hay personas que se conciencian ante casos como el de Laura, y ayudan como pueden. Son seres humanos con corazón de carne, con sangre caliente corriéndole por las venas, a los que les faltan recursos para ayudar y, aún así, hacen lo que pueden. Se vuelcan por el prójimo. Que cunda el ejemplo.

Pero coexiste otra parte de la sociedad que pone sus cerebros pensantes a disposición de recursos necios, pues es curioso ver temas tratados como de gran importancia mundial. Algunos, por su absurdidad llaman nuestra atención. Por poner sólo un ejemplo, que un jugador de fútbol de moda valga muchísimo más que la vida de tantos seres humanos que sufren. Y que cuando este mismo jugador se tuerce el tobillo jugando, tenga a su alrededor al mejor equipo médico.

Y los inconscientes, hasta que no les visita la enfermedad o el infortunio, tan contentos.

Noticia y video: Objetivo: curar a Laura

© Isabel Pavón

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25 de septiembre de 2011

Aquel hombre empezó a sentirse un poco cansado de la gente que le rodeaba, pues nunca se encontraba a la altura exigida, no daba la talla por más que se esforzaba. La tónica general era los reproches y los consejos de hazlo mejor así, o de esta otra manera…

¿Debía estar siempre dispuesto a contentar a los demás? Sabía lo que quería, reconocía el camino que tenía que tomar, percibía dónde debía poner su mirada pero…de cuando en cuando, como a cualquier ser mortal, le asaltaban dudas. Se sentía contrariado ya que, en más de una ocasión y en más de dos, las actitudes que unos le alababan, otros se las reprochaban.

—Si continuo dándole vueltas a la cabeza de esta manera caeré en una depresión o me volveré loco —le dijo a su esposa.

—No te desanimes. Vete a buscar ayuda a otro lugar que esté fuera de nuestro entorno antes de que eso te ocurra –contestó ella preocupada, recordando lo alegre que en otro tiempo había sido su marido.

El hombre preparó una muda, una botella de agua mineral, un poco de pan, un trozo de queso curado de oveja, un puñado de granos de café tostado (era adicto a la cafeína) y lo puso en una mochila que colgó a su espalda junto con un paquete de Kleenex y un rollo de papel higiénico. Se echó a andar.

Casi a punto de perder la chaveta y con el ánimo entristecido comenzó su viaje en solitario en busca de Macario el Egipcio, afamado sabio de aquel tiempo, buscando la orientación que necesitaba. Reflexionaba sobre lo que debía contarle. Le diría que su mayor ilusión era quedar bien con todo el mundo ya que estaba en contra de cualquier conflicto que pudiera surgir entre los miembros de su clan. Le daría las razones del por qué era el fan número uno de la paz y la concordia. Hablaría con él de su deseo de hacer el bien, de cómo procuraba no perder la fe en las cosas que creía y sin embargo, seguía, día tras día, sin estar a la altura de lo que los demás le reclamaban. Su esfuerzo no era suficiente.

Será mejor que lean ustedes mismos el final de la historia tal y como ocurrió en su momento.

Un hombre fue al encuentro de Macario el Egipcio y le pidió un importante consejo.
—Ve al cementerio –le dijo Macario- e insulta a los muertos.
El hombre entró en un cementerio, insultó durante mucho rato a los muertos y apedreó las tumbas. Entonces regresó junto a Macario y le contó lo que había hecho.
—¿Los muertos te han dicho algo? –le preguntó Macario.
—No.
—Vuelve al cementerio y alábales.
El hombre volvió al cementerio y les hizo cumplidos a los muertos. Los trató de personas íntegras, inteligentes y bienhechoras. Alabó su belleza y admiró su gloria.
Entonces regresó junto a Macario, que le dijo:
—¿Te han dicho algo?
—No.
—Pues bien, he aquí mi consejo. Pasa entre el desprecio y la alabanza. Sé como un muerto.

Tomado del libro El Círculo de los Mentirosos, de Jean-Claude Carrière. Cuento titulado “La sabiduría de los Cementerios”.

© Isabel Pavón

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22 de septiembre de 2011

Irene vestía por fuera a la moda de las pasarelas más importantes, podía permitírselo. Redujo su cintura sin llegar a partirse en dos. Estrechó sus caderas para no cambiar de una talla 36 a una 38, habría sido un verdadero desastre.

Aumentó el pecho dos tallas pues, comparado con el de las artistas, el suyo le parecía pequeño. Agrandó el volumen de sus labios a lo Angelina Jolie e igualó su dentadura para tener sonrisa Profidén, aunque las circunstancias que la rodeaban no le hicieran ninguna gracia.

Se tiñó el pelo ante incipientes apariciones canosas y vio necesario el implante de extensiones en algunas zonas del cuero cabelludo. Del vientre ordenó que le redujeran la grasa y le eliminaran las estrías. No se le conocieron arrugas en la cara ya que cuidaban su piel expertos masajistas.

Pagó una fortuna en quitarse lo que le sobraba y compró lo que le faltaba para parecerse a las top models. Se cuidaba al máximo. Y se exhibía. Pretendía la inmortalidad. Más que para el presente, vivía para el siempre incierto futuro.

Consiguió tener toda la pinta de una muñeca de facciones imprecisas. Le costó lo suyo. Su objetivo en la vida era aparentar eterna juventud. Cultivaba su cuerpo y sus modales. Su sueño era gustar a los hombres, ser envidiada por las mujeres.

Gustaba salir en fotos y revistas, para ello, se cobijaba bajo la sombra del árbol de gente money-money.

Murió de vieja, en impecable estado físico. Nadie supo nunca las primaveras que contaba. En la autopsia confirmaron que por fuera se hallaba completamente acabada pero, al abrir, entre los órganos, notaron cierto vacío frío que no supieron explicar con palabras científicas.

No dejó ninguna huella. Nunca se ocupó de la perfección interna.

© Isabel Pavón

 

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