28 de enero de 2014

Los vendedores de humo se infiltran en lugares donde se concentra la gente. Se las dan de sabios. Exhiben sus sonrisas y presentan sus historias en tecnicolor. En contra de tu voluntad te hacen cómplices de sus exposiciones, de su entusiasmo, de sus caros proyectos. Cuentan con tu voto positivo, con tu tiempo, con tu casa, con tu nómina. Te comprometen antes de que te de tiempo a abrir la boca. Te hacen firmar sus ideas con nombre y apellidos. Aunque perciben tus disconformes expresiones faciales, no les prestan atención, no desean valorarlas, no se desvían de su objetivo, más bien te desvían del tuyo. No te dejan pensar. Te marean. Intentan marcarte con su sello de propiedad.
Ser prudente te traiciona. Espabila. Sus palabras sin límites y su dinámico lenguaje corporal no te permiten intervenir. Es posible que sientas admiración por las proezas que cuentan, que los ojos se te abran como platos ante una maravilla inexistente. Es el prodigio formado con humo de colores que nada vale.
Los días que esto ocurre, son muchos los que se retiran sin ganas de volver. Se han sentido ahogados, puestos entre la espada y la pared y todo en nombre de una supuesta buena causa que nada tiene que ver contigo.
El humo es visible pero intangible, de donde proviene no se sabe a simple vista. Lo que está claro es que se desprende del hollín y este tizna a cuantos se acercan.

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25 de diciembre de 2013

—Te noto raro, dijo el lobo al cordero relamiéndose nada más verlo aquella mañana luminosa. Últimamente, cada vez que me cruzo contigo sales corriendo y no lo entiendo. Algo te pasa conmigo. Hablemos del tema.
—No me pasa nada, lobo -respondió temeroso el tierno animal con la mirada fija en el árbol que tenía enfrente, conociendo de sobra que por más que lo intentara nunca podría subir a las ramas más altas de su copa si tenía que escapar de su interlocutor.
—Pues no sé, lo único que espero es que mis bromas no te disgusten. Tomó aire y continuó. De sobra me conoces. Somos amigos, ¿no es verdad?
—Por supuesto que sí, de toda la vida.
—Bien, sabes que cuando te muerdo en la yugular es porque me encuentro aburrido y busco un amigo con quien divertirme; que cuando te acecho de noche es porque padezco de insomnio y me veo obligado a gastar el tiempo, ¿tienes idea de lo malo que resulta no poder dormir? Cuando corro detrás de ti por el campo es porque me gusta hacer footing acompañado. La soledad mata. Me alegra estar a tu lado.
—Sí, sí, lo sé, claro que lo sé. El cordero miraba ahora más alto, al cielo, en actitud de plegaria, con evidente temblor en sus patas.
—Pues nada, sólo quería aclarar las cosas. No me gustan los que parece que tienen algo contra mí y se callan o disimulan. En la manada me enseñaron que no está bien que estos temas se guarden dentro, se pudrirían. Te dejo por un rato, tengo algo que hacer.
Tambaleándose, el cordero echó a andar en dirección este. No quiso mirar atrás. A quince metros de distancia, el lobo, con paso sigiloso, también.
Hay animales dañinos que por conveniencia propia practican la hipocresía, terminan convencidos de que el malo es el otro, pero no siempre logran convencer al otro de que es el malo.

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24 de noviembre de 2013

25 de noviembre: Día Internacional de Lucha contra la violencia de género

Me quieres cuando hago lo que me pides. Y no me quieres cuando hago lo que me apetece.
Sonríes cuando te felicito. Te enfadas cuando tengo éxito.
Te alegras cuando te escucho. Te enfadas cuando te hablo.
Te gusta que entre en casa. Te desagrada que salga.
Mis lagrimas te complacen. Mi risa te decepciona.
Mi obediencia te causa felicidad. Mis propias decepciones te enfurecen.
Aceptas mis virtudes. Desechas mis defectos.
Mis amigas no te gustan. Me impones tus amigos.
Mi libertad te asusta. Mi esclavitud te da fuerza.
Hasta aquí hemos llegado. No sé qué hacer contigo. Me tienes harta. Sobre tus hechos he pasado la mano setenta veces siete. Mi paciencia tiene un límite. Ya basta.

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21 de octubre de 2013

La mosca que no quiere ser cazada está más segura cuando se posa en el cazamoscas. LICHTENBERG, George Christof (1742-1799) Escritor satírico alemán

El hombre que usaba el micrófono en la sala de conferencias, pidió a los presentes que cerraran los ojos y prestaran atención a la historia que iba a contarles:

Los hijos suelen imitar en todo a sus padres. Eso fue lo que ocurrió en un hogar en el que había un niño y, por supuesto, una mosca. Había visto muchas veces a sus padres matarlas y, sin pedir ayuda, quiso aprender a hacer lo mismo.
Fue tras ella por la habitación, de un lado para otro, sin poder alcanzarla. Por fin, la mosca se posó en el cristal de la ventana y se quedó quieta. En ese momento, el niño la golpeó con tanta fuerza y tan mala fortuna que, además, rompió el cristal.
La mosca fastidiosa murió en el acto, pero lejos de haberse solucionado el problema, creció, ya que por el cristal roto entraron muchas más.

Tan insulsa pareció al público aquella verborrea que, cuando terminó de hablar el hombre del micrófono, enseguida y por lo bajini empezaron los cuchicheos. Uno se volvió y dirigiéndose al matrimonio sentado en la fila de atrás les dijo:
—Verdaderamente el niño fue poco inteligente, ¿por qué no mató a la mosca con spray? Así no habría roto el cristal.
Otra dijo a quien tenía al lado:
—¿Y por qué esperar a que la mosca estuviera sobre el cristal para matarla?
Otro interesado en el tema:
—Pues, en mi infancia yo veía a las niñas ensartar moscas con agujas para hacerse collares. Asqueroso, lo sé, pero es otra forma de matar la mosca.
Una más:
—Pues yo antes de matar la mosca la tenía un tiempo zumbando en una jaulita hecha ahuecando un tapón de corcho, y con barrotes de alfileres. Era como Guantánamo, pero en pequeñito. A veces se moría de hambre antes de que me diera tiempo de pensar en algo.
Alguien se atrevió a decir:
—Yo no me ando con rodeos. La elimino con un matamoscas de plástico de todo a 1 € y la aplasto contra el suelo.
Uno más:
—Un método infalible es colgar una bolsa transparente de agua del dintel de la puerta o la ventana. La mosca se ve aumentada, se asusta de sí misma y huye.
Un joven:
—Una vez, bostezando, me tragué una mosca, lo que demuestra que tienen instintos suicidas, o sea, que se matan solas por meterse donde no deben.
Alguien que no se pudo aguantar:
—Antes usaba un trapo para golpearlas pero ahora…¿ no es más limpio enchufar un insecticida y esperar que se vaya?
Por último, el que parecía más tonto, muerto de risa, dijo:
—Yo las cazo al vuelo.
En fin, aquella exposición que hizo el hombre del micrófono indicando que no se debe matar a la mosca, con el único fin de justificar su manera de actuar, advertir y reafirmar el absurdo refrán que dice “mejor es lo malo conocido que lo bueno por conocer”. Sí, aquél que siempre había parecido una mosquita muerta, lo único que consiguió fue dar más ideas a los congregados y agudizar el ingenio de todos aquellos que, con la mosca tras la oreja, querían ver muerto al insecto porque estaban, más que mosqueados, hartos. Pero el hombre del micrófono, como la mosca que no quiere ser cazada se posa en el cazamoscas, consiguió su propósito pues logró desviar la atención de los oyentes por caminos varios e insulsos.

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15 de septiembre de 2013

Para ti, Esperanza, esa loca que nos hace ver que todo es posible y nos anima a lograrlo.

La Esperanza no tiene quien la cuide. Está cansada de dar ánimos y se agota. A ella acuden los menesterosos buscando soluciones rápidas. A ella los buscadores de riquezas. A ella los desesperados. A ella los buscadores de venganza pidiendo caminos para saciar su sed de hacer el mal. A ella todos y para todo.
La Esperanza está triste. Triste de su largo caminar queriendo hacer el bien, haciendo oídos sordos a quienes la buscan con malas intenciones.
La Esperanza va creando vida, mostrando nuevas expectativas sin que nadie regrese a agradecerle nada, aún sabiendo donde encontrarla.
Con ella todo parece posible. Con ella los sueños en el futuro deleitan las noches. La Esperanza reaviva los buenos deseos, mas se hunde en el fango con la dura carga depositada en sus alforjas. De tanto y tanto dar, apenas respira, apenas camina, apenas descansa, apenas come.
¿Qué haremos, amigos y amigas, cuando la Esperanza fallezca? ¿Rememoraremos aquellos tiempos en los que nos fue eficaz? ¿Dejará de ser futuro para convertirse en aquel añorado pasado? ¿Reiremos celebrando las ilusiones que depositó en nuestras vidas desinteresadamente? ¿Será quizás el tiempo ahora de rescatarla de su muerte antes de que esta se produzca? ¿Será el momento de realzar su lugar en nuestras vidas y devolverle así la suya?
La Esperanza está enferma. Necesita cuidados intensivos. Es vital no sustentarla con ilusiones tóxicas. Necesita inhalar pureza. Beber seriedad. Rehabilitarse en actos que valgan la pena. Y nunca sola, sí con todos.
Para que la Esperanza resurja, hay que trabajar a su lado. No esperar que venga de visita. Hay que salir a su encuentro, felicitarla. De la mano con ella, lograr nuestros objetivos. Reconocer su labor.
La esperanza no abandonaría jamás al infeliz que la busca*, pero el infeliz, tú y yo, nos soltamos de su lazo al pensar que nos defrauda y nos rebelamos contra ella, la herimos, por no ser más rápida.

*Francis Beaumont y John Phineas Fletcher

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23 de agosto de 2013

La curiosidad es cosa de tres: el curioso, el curioseado y el que recibe las conclusiones del primero.

El curioso suele ser chismoso, por eso necesita a un tercero para compartir sus pesquisas. Acostumbra a ser mentiroso y cobarde, pues negará haber compartido la información que conoce.

La simpática foto y su mensaje circulan por Internet. Son un ejemplo de lo que sucede con frecuencia. Personas con vidas insulsas que se aburren por no tener nada que hacer y meten su nariz en la vida de los demás con el fin de distraerse y juzgarlas. Se creen perfectas y no lo son. Suelen aparentar preocupación, comprensión, cariño, confianza, pero es mentira. Necesitan información para desmenuzarla antes de entregársela a otro ya sea de manera hablada, escrita o por señas; por correo postal, por e-mail, o wassap. Sienten llenura de gozo cuando consiguen su objetivo.

Si a estas personas curiosas de la vida de los demás se les para los pies se enfadan, te hacen ver que tú eres un mal pensado y que el chisme circulaba sin mala intención.

El curioso se siente intrigado por los pensamientos de los demás, por lo que hacen en sus casas, por los amigos que tienen, por lo que leen, por lo que comen, donde compran la ropa que visten, el número de zapato que calzan, la marca y cuanto les cuesta, a que hora se levantan y cuando se acuestan. Suelen tener mucho interés en la cifra de la nómina y en los gastos, pues se las dan de contables. Llevan al dedillo los asientos del Libro Diario, el debe y el haber de las actuaciones ajenas y, si se les deja, gobiernan los valores del Libro Mayor. Son, además, observadores en vertical, escanean al sujeto de arriba abajo y de abajo arriba.
No son amigos, son curiosos que necesitan llenarse de la vida del otro.

Conclusión:
La curiosidad es un vicio que se puede curar. Al tratarse de tres componentes, existen tres remedios: Por un lado, el curioso debe centrar la mirada en su propio interior, ver en qué puede mejorar y entretenerse en ello cuando le sobren las horas. Por otro, el curioseado debe discernir a quien le da su información personal, callar cuando tenga que callar. Por último, quien recibe la información tendría que buscarse otro entretenimiento, por ejemplo, el mismo que se le aconseja al curioso.

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27 de julio de 2013

Es bueno hacer favores, dar con alegría, sentirse útiles a los demás. Sin embargo, cosa mala es atarse a alguien que te recuerda de distintas maneras la ayuda que te prestó en tal o cual ocasión, se jacta de ello en público o en privado y no se cansa de tus continuos agradecimientos.
Si quien te auxilia es persona desinteresada, mucho mejor, pero hay quien se cobra el bien que ha hecho con demasía.
Al principio puede parecer que entre vosotros nace una buena amistad llena de ternura y comprensión. No es cierto. Poco a poco intentará atarte a sus deseos y lentamente irá anulando tu pensamiento y tus decisiones. Te cerrará la boca. Te robará el aire. Te harás su esclavo al sentirte obligado a entrar por su aro dejando tu propia iniciativa a un lado. Estos todavía no entienden de generosidad, de dar sin recibir nada a cambio. Para ellos todo es un negocio, un intercambio con intereses.
Los hay que hacen una obra de caridad y no la olvidan. Otros, por conveniencia propia, te colman de obsequios sin que entiendas el motivo, se exceden y es posible que a partir de ahí toda la vida te tengan aprisionado. Es cierto que el miedo a quedar como un desagradecido es elemento importante en esta historia. Hay que tener las cosas claras. El mejor favor que alguien te puede hacer es respetar tu libertad.
Nunca sabemos cuando vamos a tener necesidad de ayuda y hay personas generosas que te asistirán sin buscar nada a cambio, te darán buenos y desinteresados consejos, estarán presentes cuando más lo necesitas, incluso guardarán silencio cuando sea necesario. El apoyo de estos es de un valor incalculable, incluso son capaces de ver tu necesidad antes de que se la comentes.
Elige bien la persona a la que vas a pedir, examina lo que recibes. Puede ocurrir que cuando los regalos o los favores entran por tu ventana, tu dignidad se vea obligada a salir por la puerta.

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23 de junio de 2013

Busqué, mirando al cielo, inspiración
y me quedé “colgao” en las alturas.
Por cierto, al techo no le iría nada mal
una mano de pintura.

Sobre la cama, me dejo llevar por la letra y la música de la canción de Serrat No hago otra cosa que pensar en ti y busco que llegue la inspiración para mis escritos, pues, como él, me quedo colgada en las alturas, con un montón de palabras gastadas y como él, veo que al techo le hace falta una mano de pintura. Pienso, entonces, en las diferentes modalidades y necesidades que tenemos de hacer limpieza y el nombre que le damos según la suciedad que vemos.
Continúo con el techo. Por un lado distingo lo que llamamos “una manita de pintura”: El techo no está demasiado mal. Con una mano clara sería más que suficiente para que se vea bien.
Otra modalidad: “una buena mano de pintura”: Consideramos que necesita ser pintado con una espesa capa, que le hace mucha falta, que hay que entretenerse en corregir todos los defectos que se le han formado para dejarlo dotado de hermosura.
De momento, aparto mi mente del techo, o el techo de mi mente y rebusco en ella. Noto que mi cerebro tiene algunos desperfectos desde siempre. Intento concentrarme en los deterioros y cierro los ojos para visualizarme mejor. No. No le hace falta una manita de pintura color hipocresía, ni una mano de pintura espesa de conveniencia. Este remedio no sirve, al contrario, dejaría ocultos mis fallos y se pudrirían bajo la capa. A mi mente le hace falta una buena limpieza con agua jabonosa a presión y aclarado en caliente.
No soy perfecta, lo sé, pero quiero serlo sin llegar a ser insoportable. Se supone que soy lo que pienso y lo que pienso no me gusta a veces. Deseo corregirme. No aspiro a ser como los demás, sino a ser yo misma en versión mejorada. Si para conseguirlo he de sufrir, sufriré.
Con la práctica se llega a la perfección, reza un refrán. Reconozco que en ocasiones se me aclara el pensamiento y la vislumbro cerca, creo tenerla al alcance de la mano y en ese instante se me aleja. Pierdo el norte, no la encuentro y vuelta a empezar. Por eso creo que cuanto más practique y me conozca, mejor sabré cuales son mis imperfecciones.
Quiero ser como la flor que se muestra al campo en todo su esplendor, poseer sus colores, su fragancia, su esbeltez. Aspiro a dejarme brotar en mis cualidades. Pienso, además, que las espinas forman parte de su belleza, son otro aspecto de ella misma, algo legítimo, algo que aceptar, por tanto, de una misma.
Quizás la perfección conlleve eso también. Ser yo en mis insuficiencias. Admitirme en el deseo de darme tal cual soy sin exigir o pedir de otros nada a cambio. El amor y sólo el amor es el camino para la perfección, decía Teresa de Lisieux, Teresa de Jesús. Esta máxima encierra mucha verdad y la quiero para mí.
Sí. Estoy segura. Un buen lavado, hacer limpieza general y urgente de pensamientos superfluos en mi cerebro me ayudará, dejará lugar disponible para amar. Luego veré si pinto el techo.

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25 de mayo de 2013

      Caminan sin luz bajo la copa ensortijada de los árboles centenarios. Son los tristes. Buscan algo y no saben qué. Los hay que van de norte a sur, o de este a oeste. Parecen perdidos. Están perdidos. Sus mentes se han acostumbrado al desánimo y el color de su piel se ha vuelto gris mate. No ven el horizonte. Sólo observan las puntas de sus zapatos dar pasos aburridamente torpes: izquierdo, derecho, izquierdo, derecho. Van sin rumbo y como imanes de polos iguales se repelen.
     La Alameda es hermosa. Está llena de fronda en esta época del año. Cuánto poder tiene la tristeza para instalarse en la vida. Aprovecha cualquier rendija para colarse, echar raíces y cegar las miradas de la gente.
     Todo está en calma. Los tristes no se miran, no se hablan. Cada uno piensa en sí mismo, en su propia y viciada soledad. A veces, sin darse cuenta, se rozan y dan un respingo de horror, como si alguna tormenta interna estuviese apunto de descargar, como si se hubiese producido una dolorosa invasión de la intimidad. Se miran sin verse y continúan su andadura. De lejos y de cerca se les advierte perdidos, sin rumbo.
     La Alameda de los tristes parece un cementerio sin tumbas. Los que pasean por ella son vivos que están muertos, sin aliciente, sin ilusiones. Les falta la corona de flores a modo de collar sobre sus pechos. Cada cual arrastra sus malos recuerdos como puede. Con una gruesa cadena de memoria los llevan atados a la cintura. Se les ve pesados, muy pesados.
La Alameda luce encantadora. Rebosa aromas deliciosas y vida por doquier en este tiempo. Los nidos están repletos de jóvenes gorjeos. Las flores de los parterres apretujan sus diferentes colores para lucir todas a la vez.
     Dicen que el primer día que los tristes acudieron a La Alameda, hablaron. La palabra, como la amistad, salva muchas veces. Cada uno se esforzó en contar al otro sus necesidades, sus penas, sus deseos frustrados, pero nadie fue capaz de comprender el dolor ajeno. Dicen, también, que al segundo día llegaron los agoreros, los repartesuerte, los vendedores de chistes, los payasos, y terminaron formando parte de ellos, siendo paseantes desesperanzados. Los que son tristes por voluntad propia no quieren alegrarse. No quieren curarse de su enfermedad. No dan el paso. Temen fracasar una vez más y no están dispuestos. Han tirado al mar la llave de la esperanza que rompería sus ataduras, que los liberaría de ese lastre agónico que les pesa como un ancla.
     Tristes consentidos pasean a diario por La Alameda. Si les preguntas como están, dicen: bien, bien, e intentan esbozar una mueca a modo de sonrisa. Pero no es cierto. Son los ilusos del pesar, de la dolencia crónica, a veces huera, pues se sabe que
                                                                      La esperanza fracasa muchas veces,
                                                                                          el dolor jamás.
                                                                                   Por eso algunos creen
                                                                              que más vale dolor conocido
                                                                                   que dolor por conocer,
                                                                          creen que la esperanza es ilusión,
                                                                                 son los ilusos del dolor.
                                                                                        (Juan Gelman)

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01 de mayo de 2013

El Hada Madrina le entrega a Cenicienta un hermoso vestido y un par de zapatos de cristal. Al dar las doce, la hora en que se rompería el hechizo, Cenicienta se marcha del baile y se le cae uno de los zapatos.

No olvides que de vez en cuando te llega la oportunidad de ponerte zapatos de cristal transparente. La vida regala momentos maravillosos. Dejas de ser Cenicienta para convertirte en la Princesa de un cuento feliz. Es posible que sea sólo por un rato, pero aprovéchalo.
Cada vez que los calzas compruebas que están hechos a tu medida. Caminar no te cansa, pues te conducen a las horas bonitas, las risas, las conversaciones agradables entre amigos, la lectura de un buen libro, los buenos recuerdos, las ilusiones, la tranquilidad.
Mientras los llevas vives horas especiales y el mundo te parece de ensueño. Eres otra aún siendo tú. Te desdoblas. En ti se produce la metamorfosis que te concede un par de alas y sabes que son para volar donde quieras.
Después, la otra realidad que te impone la rutina y las prisas, aparece. Te envuelve. No ves más solución que correr hacia ella y, a traición, te descalza. Se apodera de tus pies. Los aprisiona. Consigue arrebatarte uno de esos zapatos y lo esconde. Promete devolvértelo con sobornos y te niegas.
Ante el espejo ves cambiada tu imagen. Tus circunstancias visten ahora de harapos grises y alpargatas. Son tus dos vidas, te pertenecen.
Existen un par de realidades: Una, la que te hace estar radiante. Otra, la que te lleva al infortunio. Cuando esto último suceda, grita: ¡Quiero mi zapato de cristal! Es tuyo. No te rindas por haber perdido uno de ellos durante el trayecto. Mientras lo recuperas, te queda el otro, póntelo.

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